Record Absoluto De Velocidad En Tierra. Los Caza Records

por | Mar 3, 2016 | Oldtimer Magazine | 9 Comentarios

Esta es sólo una pequeña parte de una historia de superación, riesgo y tecnología, una historia de vértigo, fracasos y éxitos, de retos, sorpresas y desengaños, de lágrimas y sonrisas, una historia de amor. Amor por la velocidad. Una historia que se sigue escribiendo y que durará tanto como duren los automóviles. Es una crónica de hombres y máquinas de una clase especial. Los unos con una inmensa dosis de locura y temeridad, con sed de adrenalina, afición por la soledad y a pasear por el filo de la navaja, las otras con extravagantes formas, extraordinarios diseños y exóticas e ingeniosas soluciones aplicadas con un único fin: la velocidad máxima, ser más rápido de lo que nunca jamás nadie ha logrado ser…

Brooklands, Pendine Sands, Daytona Beach, Bonneville Salt Flats, Black Rock Desert… Son nombres míticos, legendarios y notables para los aficionados al automóvil por haber servido de escenario de batallas épicas contra el miedo y las leyes de la física. Escenarios sobre los que se representaron obras que no siempre acabaron bien, pero que en todos los casos consiguieron levantar de sus poltronas a los más arrellanados espectadores.

El récord absoluto de velocidad en tierra se entiende como la media obtenida entre las velocidades máximas de dos pasadas sobre un trayecto fijo efectuadas en direcciones contrarias y en tiempo menor a una hora, según el reglamento establecido por la FIA. Esto busca anular efectos como el del viento o la ligera pendiente.

En un principio fue en Francia y Bélgica donde los pioneros de la velocidad comenzaron a competir entre sí por establecer marcas crecientes, posteriormente británicos y americanos se sumaron a esta nueva fiebre y han sido los que más récords han establecido hasta nuestros días. La evolución de las monturas ha sido muy notable ya que en un principio fueron eléctricas, más tarde de vapor, luego impulsadas por motores de combustión interna y por último han sido motores de propulsión a chorro de origen aeronáutico los encargados de mover a estas máquinas extremas.

Los Albores Del Automóvil: De La Electricidad A La Gasolina

Los intentos por establecer plusmarcas de velocidad comenzaron casi al mismo tiempo en el que los automóviles se empiezan a perfilar como una alternativa real a los vehículos de propulsión animal. El primer récord de velocidad en tierra reconocido data de 1898, establecido por Gaston de Chasseloup-Laubat en un vehículo eléctrico proyectado por Charles Jeantaud, alcanzó los 92,78 Km/h (57,65 mph). Aquello fue la espoleta que lo desencadenó todo. Tratando de imaginarme la sensación de aquel primer pionero sobre aquella arcaica montura, con el aire en la cara, sabiéndose más veloz de lo que nunca nadie había sido, creo que debió ser un instante importante en su vida, quizá el fruto de un largo trabajo, el destino de un largo viaje, seguro que se encontraba asustado pero feliz y satisfecho. No me cuesta suponer que despertara admiración y envidia entre los testigos, accidentales o no, de aquel evento. Si cierro los ojos veo al héroe bajándose de su rudimentario vehículo, todavía preso del pánico, pero a la vez invadido por una extraña sensación de libertad, de superioridad, dominador del riesgo, satisfecho y felicitado efusivamente por todos los presentes, familiares, amigos y no tan amigos. Quizás abrazado, o llevado a hombros o besado apasionadamente por su temerosa esposa, que lo recibe entre lágrimas de alegría. Nadie se pudo mantener indiferente ante semejante evento. Gastón de Chasseloup-Laubat ya tenía el virus, un virus sumamente contagioso, que corrió como la pólvora a través de las gentes, los países y los años.

Jeantaud

El siguiente en contagiarse fue Camille Jenatzy, un belga quien se alternó con Chasseloup-Laubat en la posesión del título de hombre más rápido de la tierra hasta que en el año 1899 estableció una marca de 105,88 Km/h (65,79 mph) logrando así de esta manera ser el primer hombre en sobrepasar los 100 Km/h. Ingeniero eléctrico de formación, era apodado “el demonio rojo” por su poblada barba roja. En su marca más veloz pilotó un CITA (CompagnieInternationale des Transports Automóviles électriques), el chasis Nº 25, apodado “La Jamais Contente”. Fue el primer coche construido expresamente para batir el récord absoluto de velocidad en tierra, el primero en que se muestra una preocupación por la aerodinámica y el primero en el que se usaron raras aleaciones ligeras como el “partinium”, una cara aleación de aluminio, tungsteno y magnesio laminada. Tenía 2 motores eléctricos Postel-Vinay que sumaban 68 Cv y unas baterías Fulmen que proporcionaban 200 voltios y 124 amperios… ¡y aún no había empezado el siglo 20! Me parece casi de ciencia ficción pensar que en esa época podía existir un coche eléctrico aerodinámico, con materiales ligeros y capaz de entregar esas prestaciones.

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El récord de Jenatzy estuvo en vigor 3 años, hasta el 13 de Abril del año 1902, cuando la propulsión a vapor comenzó a desarrollarse y mostrarse capaz de superar a la electricidad en lo que a prestaciones puras se refiere, fue entonces cuando otro francés dio el siguiente paso en la carrera. Se trata de Leon Serpollet quien, con su Gardner-Serpollet “Oeuf de Pâques” (Huevo de pascua) batió la marca dejándola en 120,80 Km/h (75,06 mph). Contaba con un motor capaz de producir vapor a gran presión en mucho menos tiempo que los sistemas habituales, gracias a un sistema patentado llamado “Flash Tube Boiler” y 4 cilindros opuestos de arquitectura similar a un motor de combustión interna. El sobrenombre de “Huevo de Pascua” le venía por su carrocería aerodinámica, que se asemejaba a un huevo cortado por la mitad, con el asiento del piloto colocado en el centro.

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Ya se había cruzado la línea roja, la línea de no retorno, había que seguir subiendo la marca y el récord de Serpollet y su huevo a vapor solo duró unos meses, concretamente hasta el 5 de Agosto de 1902. 122,438 Km/h (76,08 mph) fue la velocidad a la que rodó el primer americano que estuvo en posesión del récord absoluto de velocidad en tierra, William K. Vanderbilt (componente de la ilustre familia de industriales neoyorquinos Vandebilt, fundadores de un gran emporio de transporte por ferrocarril y marítimo). Por vez primera el coche estaba animado por un motor de gasolina, concretamente un 4 cilindros en V de 9.232 cc. capaz de girar a 950 rpm, lubricado por cárter seco y con válvulas laterales acoplado a una caja de 4 relaciones y con una potencia de 60 Cv.

William K. Vanderbilt-Mors

Salvo contadas excepciones, a partir de aquel momento, todos los intentos de asalto al récord absoluto de velocidad en tierra se llevaron a cabo con coches equipados con motores de explosión. El automóvil en cuestión era un Mors, una antigua marca francesa ya desaparecida, fundada en 1897 e impulsada por la inquietud innovadora de su fundador, Émile Mors. Una de las aportaciones de la casa al proceso evolutivo del automóvil fue la incorporación de amortiguadores neumáticos ¡a partir de 1902! (de hecho el coche de Vanderbilt ya los llevaba), algo que tardó muchísimos años en generalizarse pero que acabó implantándose como opción estándar. Aquí viene el dato curioso: Mors fue comprada en 1925 por un tal André Citroën, quien utilizó su tecnología y su capacidad productiva para fabricar sus propios automóviles. Con el tiempo Citroën hizo de la suspensión neumática su seña de identidad, en uno de los fenómenos de parasitismo industrial más flagrantes de todos los tiempos… pero ahora ya sabéis que el invento, y por tanto el mérito, no es de Citroën, sino de Mors.

La Cosa Se Pone Seria. Profesionalización, Publicidad Y Escalada Vertiginosa

La posesión del récord absoluto de velocidad en tierra se había convertido en algo deseable, muy deseable, ya no solo para unos pocos amantes de la velocidad con los fondos y la locura suficientes como para jugarse la vida sobre ingenios diseñados más para otros menesteres que para proteger la vida del piloto, sino también por las incipientes corporaciones que eran los embriones de las marcas que aun en la actualidad siguen en el negocio de la automoción. La velocidad y la competición automovilística en general comenzaban a profesionalizarse y comenzaban a entenderse como una plataforma publicitaria para los fabricantes y para la industria auxiliar (combustibles, lubricantes, neumáticos…). Los unos y los otros comenzaron a inyectar fondos en cantidades crecientes que hicieron florecer el ingenio de los mejores técnicos del momento con un único objetivo: ser el más rápido del mundo, en una época en la que los coches todavía corrían más que los aviones.

Henry Ford, quien en un principio estaba muy interesado en los automóviles de carreras, cubrió la distancia de una milla en 39,4 segundos consiguiendo una velocidad de 147,05 Km/h (91,37 mph) con lo que consigue batir el récord absoluto de velocidad en tierra. Era el 14 de Enero de 1904, contaba con 41 años de edad y con esta gesta consiguió publicitar su compañía dándole gran visibilidad. El brillante futuro que le esperaba no lo podía ni imaginar cuando volaba sobre el lago helado de St. Clair (USA) a lomos de su 999 Racer, sin siquiera unas gafas para protegerse la cara, según cuentan las crónicas.

Ford 999 racer

Su coche, un diseño basado en prescindir de lo superfluo para conseguir la máxima velocidad en línea recta, no tenía diferencial, ni suspensión trasera, ni carrocería, solo un enorme tetracilíndrico de 18,9 litros sobre un chasis de madera y una manivela unida mediante una barra y un sencillo engranaje a las ruedas delanteras. Estaba hecho con los restos de un coche experimental más antiguo de Ford, que se había estrellado un año antes matando a su piloto.

Dan Gurney, reputado piloto estadounidense y uno de los 3 únicos del mundo que han ganado carreras en Fórmula 1, NASCAR e INDY, tuvo ocasión de pilotar el Ford 999 racer 60 años después de que su creador lo hiciera volar sobre el hielo del lago St.Clair.

Dan Gurney-999 racer-1963

Estas fueron sus impresiones:

“Es casi estremecedor. Busqué los tubos de escape y me di cuenta de que casi no tenía. Medían cerca de dos pulgadas de largo y se podían ver las llamas saliendo. Vibraba y se retorcía con cada explosión, se podía sentir todo, desde un extremo al otro del coche. El coche es un poco engañoso porque las marchas son muy largas, pero vas muy rápido. Es algo así como comparar un elefante persiguiendo a un ciervo, por las bajas revoluciones del motor y los cuatro grandes cilindros. Puedes sentirlos trabajando. Hasta que no va entre cuarenta y cincuenta millas por hora no se estabiliza, y luego casi no parece que esté girando. Es sólo chu-chu-chu con un montón de estallidos, humo y ruido, divisando ese gran motor desde el elevado asiento y tratando de recordar mantener los pies fuera del alcance de ese volante de inercia expuesto, que es tan grande como la lápida de una tumba”.

Fueron algo más de 2 años lo que le duró el récord a Ford y lo perdió a manos de un compatriota suyo, otro estadounidense: Fred Marriott, el 26 de Enero de 1906. Rodó a 205,44 Km/h (127,66 mph) en Daytona Beach, lo cual significa que pulverizó el anterior récord. Curiosamente el vehículo utilizado fue un coche de vapor, el Stanley Rocket.

1907-MARRIOTT-STANLEY-STEAMER

Stanley Motor Carriage Company operó durante 22 años, entre 1902 y 1924, fundada por los hermanos gemelos Stanley, prosperaron en una época en la que la sociedad demandaba soluciones de movilidad rápidas y de larga distancia tanto para personas como para mercancías. Los motores de combustión externa tenían el inconveniente fundamental de que se tardaba unos 30 minutos en obtener presión operativa de vapor. Por aquel entonces la tecnología de propulsión a vapor aún tenía bastante predicamento pero pronto comenzaría su declive en pro de los motores de combustión interna que estaban experimentando un desarrollo exponencial y pronto serían los preferidos por su mayor potencia, eficiencia, precio y facilidad de uso, sobre todo tras la patente del arranque eléctrico en 1911 por parte de Dayton Engineering Laboratories Company (DELCO). Un año después de establecer su récord, Marriott intentó batirlo con una versión mejorada del Stanley Rocket, que contaba con una caldera capaz de producir 1.300 psi. Se lanzó por la playa a toda velocidad pero algo salió mal al cruzar un pequeño bache: su coche despegó del suelo a casi 190 mph y en el aterrizaje se partió en dos, dejando a Marriott malherido, pero vivo. Sufrió fracturas de varias costillas, del esternón, heridas de consideración en la cara y una enucleación de su ojo derecho. Una de las primeras personas que acudieron en su auxilio fue un médico que le colocó el ojo en su sitio y milagrosamente, años después, el propio Marriott declaró que “aquel era su mejor ojo”. Pero no volvió a intentar batir el récord.

6 de noviembre de 1909. 202,691 km/h (125.946 mph), fue la velocidad media que alcanzó el “Blitzen Benz” sobre la distancia de 1 Km con salida lanzada, siendo la primera vez que se usó un sistema electrónico de medición. Casi 4 años resistió el récord del coche de combustión externa de Stanley para dar paso definitivamente a la hegemonía de los motores de combustión interna en la carrera loca de los récords de velocidad. El fiel de la balanza ya llevaba una inercia imposible de parar, aunque los motores de vapor podían haber evolucionado y posiblemente superado a los de combustión interna hubo una cosa que los condenó: la prisa, la premura, el apremio, la impaciencia y el furor absurdo de los seres humanos. El querer obtener el resultado con una inmediatez que permita abolir completamente cualquier ejercicio de previsión. Los de vapor eran motores más ecológicos (porque al producirse la combustión a baja presión no se generan tantos residuos), más silenciosos, más fiables y menos peligrosos… pero también más lentos en su arranque. Su puesta en marcha dependía de alcanzar una presión operativa de vapor en la caldera y esto consumía tiempo, un tiempo que casi nadie estaba dispuesto a perder. La tendencia ya se había marcado y todas las miradas y esfuerzos inversores estaban depositados en los motores de combustión interna, pero entonces surgieron unos visionarios hermanos americanos, los hermanos Doble, que crearon motores de vapor capaces de hacer palidecer a los más avanzados motores de combustión interna, pero ya no fueron capaces de invertir la tendencia y fueron engullidos por la moda y sepultados en el olvido.

Blitzen-Benz

El Blitzen Benz era la máquina más rápida de su tiempo, más rápido que cualquier barco, tren o avión contemporáneo. Era una aparato de 21.500 cc (1.310 Cu In) y 200 Cv a 1.600 rpm, desarrollado a partir de un motor de gran premio, afinándolo y aumentando su cilindrada con el propósito de colmar la sed de récords. El coche entero se construye alrededor del motor, con una carrocería aerodinámica presidida por un radiador dorado con un afilado depósito de expansión en la parte superior, a modo de apéndice aerodinámico. El encargado de domar este unicornio salvaje fue el piloto francés Víctor Hémery, quien cabalgó sobre él en el recién estrenado circuito de Brooklands, Reino Unido. Pero el reinado del “Blitzen” no terminó aquí porque el 24 de Junio de 1914 otra unidad de este coche (la número 3 de las 6 producidas en total), pintada de azul y con escasas modificaciones en el radiador, el cortavientos y los escapes, vuelve a tronar rompiendo la calma del circuito de Brooklands y dejando el récord en 124,12 mph (199,71 km/h), siendo esta vez, la primera que se aplica la regla de las 2 direcciones (media de velocidad de 2 pasadas en direcciones opuestas sobre un mismo tramo de 1 milla). Su conductor fue Lydston Granville Hornsted, alias “cupido”, otro prohombre de vida intrépida, nacido en Moscú, hijo del vicecónsul británico y con una biografía jalonada de oficios variopintos y hazañas relacionadas con la velocidad…

Continuará…

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